Os presento los dos primeros capítulos de mi primera novela:

CAPÍTULO 1

Bilbao, 7 de abril del 2017
  
  La oscuridad de la habitación es rota por la pantalla de un teléfono móvil que ha comenzado a iluminarse y lanza destellos hacia el techo de la estancia, mientras que, de forma acompasada, comienza a generar ruidos de arrastre sobre la mesilla de noche debido a la vibración del propio teléfono. Dos segundos después, la persona que se encuentra durmiendo en la cama y que está más cerca del dispositivo móvil lo desenchufa del cargador y, sin descolgarlo, se levanta del lecho y sale hacia la puerta. Antes de salir echa un vistazo a la cama y mira que su marido sigue durmiendo. 

  Camina descalza de forma rápida por el pasillo con la luz apagada. Verifica al pasar a la altura de las puertas abiertas de las habitaciones donde duermen sus dos hijos que todo sigue tranquilo, que nadie se ha percatado del aviso del teléfono. Una vez llega a la cocina descuelga la llamada y escucha. Efectúa unas preguntas sobre una localización a la vez que mira el reloj digital del microondas, son las dos y veinticinco. 

  Siete minutos después Ainhoa Apraitz sale del garaje de su domicilio conduciendo un Peugeot 308 de color dorado. Es un vehículo oficial de la Ertzaintza sin distintivos. Cuando abandona el garaje, extrae de la guantera del coche el rotativo azul de prioridad, lo coloca sobre el salpicadero, pero decide no encenderlo, piensa que a esas horas de la noche no lo necesitará.

  Ainhoa tiene su domicilio en unos pisos muy cercanos al Hospital
Universitario de Basurto. No tarda más de ocho minutos en cruzar esa parte de la ciudad y llegar a su destino. Se trata de unos chalets adosados muy cercanos al polideportivo del Fango. Durante el trayecto solo ha tenido que pasarse un par de semáforos en rojo porque, tal y como pensaba, no había casi tráfico en la ciudad.  
 
  Cuando llega a su destino, observa que se encuentran en el lugar tres patrullas uniformadas de la Ertzaintza. Dos de ellas son dos Seat León familiar y la otra es un Toyota Land Cruiser. Este último vehículo indica la presencia en el lugar del jefe de patrullas de la comisaría de Bilbao. Ainhoa estaciona justo detrás del Toyota. Se dirige hacia la puerta del garaje, ya que allí es donde se centra la actividad del personal policial. En el camino es abordada  por un miembro de su equipo. Andoni es la persona que le ha llamado por teléfono y comienza a informar a Ainhoa sin que dejen de caminar hacia el chalet. Al llegar a la puerta del garaje, el jefe de patrullas está preguntando a los agentes actuantes sobre las circunstancias de los hechos. Ese detalle le demuestra a Ainhoa que el responsable de las patrullas acababa de llegar al lugar, generándole a la oficial de policía buenas sensaciones. Ainhoa Apraitz solo lleva seis meses como jefa del Grupo de Delitos contra las Personas para todo el territorio de Bizkaia, es un puesto con cargo de oficial al cual acaba de ascender.

  Su antigua actividad fue investigar los delitos relacionados
con la violencia de género en la comisaría de Vitoria, un destino
totalmente distinto al que ejerce ahora. La presión de enfrentarse
a su primer homicidio es muy fuerte, le genera mucho respeto. Se ha formado en investigación criminal, ha participado en proyectos de desarrollo de perfiles de asesinos, pero esto es la realidad y esa realidad le aprieta el pecho, hace que su respiración sea más rápida de lo normal. Reflexiona, cierra los ojos, coge aire por la
nariz e intenta controlar su respiración. Hace una pausa de un  minuto. Se da cuenta de que el simple hecho de haber llegado casi  tan rápido como el jefe de patrullas aumenta su confianza, la hace  sentir mejor.

 Andoni le informa que él, junto a otro compañero, se encontraba  efectuando una vigilancia sobre un objetivo que investigaban por robos en comercios en una zona muy cercana al lugar donde están. Contemplaron como dos patrullas uniformadas circulaban con los rotativos luminosos por la zona; simplemente por curiosidad policial, fueron al lugar donde se dirigían las patrullas. Al poco tiempo Andoni contacta con uno de los patrulleros actuantes. Se conocen, en su momento trabajaron juntos en una comisaría de otra demarcación. El patrullero le explicó que en el interior del chalet habían encontrado a un varón muerto atado a una silla con claros síntomas de violencia. Este es el motivo de la llamada tan temprana a su jefa. Andoni también le comenta a Ainhoa que ellos no han podido entrar al domicilio, ya que oficialmente no se han activado los protocolos para que el caso sea suyo.

  Una vez Ainhoa ha recibido esa información, camina hacia la  puerta del chalet donde se encuentra el jefe de patrullas, se  identifica, y él le hace un gesto para que le siga mientras camina hacia la acera donde se encuentran estacionados los vehículos
oficiales. El responsable le informa que ya ha solicitado la activación del protocolo para trasladar la investigación a los servicios territoriales y le sorprende la rapidez con la que han llegado, puesto que, al parecer, en otras experiencias no se acerca nadie al lugar de los hechos hasta el día siguiente. Ainhoa lo toma como un cumplido, aunque no tiene muy claro que sea así. Al jefe de patrullas, aunque físicamente se le aprecia muy en forma, se le advierte a través de sus ojos, y sobre todo de sus arrugas, que es
una persona muy experimentada. Durante los muchos años de servicio en la comisaría de Bilbao, a través de sus retinas ha visto casi de todo, sabe mucho y sabe que no tiene sentido retener una información; dentro de unos minutos o unas horas la tendrá que facilitar igualmente, por lo cual decide informar a Ainhoa de todo lo que tiene conocimiento.

  Apoya su trasero y parte de su espalda en el morro del Toyota,
la emisora de la comisaría no para de emitir comunicados y el jefe de patrullas tiene el walkie a escasos diez centímetros de su oreja izquierda. Da la sensación de que no presta atención sobre la emisora hasta que nombran su indicativo policial y contesta. Le comunican que la comitiva judicial está informada y se dirige al lugar de los hechos. Se lía un cigarrillo en menos de un minuto mientras nota como la mirada de Ainhoa cae sobre él. Una vez le da fuego al corto cigarrillo y en la primera ocasión que expulsa el  humo de sus pulmones comienza su relato:

— Sobre la una y media de la madrugada los vecinos que viven en   el chalet pareado al que nos ocupa llamaron al teléfono de emergencias 112, informando que su vecino tenía el volumen de la televisión muy alto y que no los dejaba dormir. Comenzaron a golpear la pared y tampoco obtuvieron respuesta. Después tocaron el timbre de la casa sin que nadie contestara. Los denunciantes se percataron desde de su terraza de que el vecino tenía la luz de la cocina encendida, pero no se apreciaban movimientos. Es por estos extraños motivos por los que llaman a emergencias. Habitualmente las comprobaciones de este tipo de llamadas las efectúa la Policía municipal de Bilbao, pero debido a que esa hora coincide con el cierre de los bares todas sus patrullas se encontraban ocupadas. «Es por ello que nos han pedido que diéramos respuesta a ese aviso por parte de la Ertzaintza». 

  Una vez presente la primera patrulla, percibe lo mismo que ya han informado los vecinos. Desde Ugarteko se recibe información, a través de la base de datos, de que la persona que mora en este domicilio responde al nombre de Alexander Castrillón Úsuga. «Se intenta contactar por el teléfono móvil, pero el único número que figura en nuestras bases se encuentra apagado o fuera de cobertura». Llega una segunda patrulla que decide entrar al chalet a través de la terraza del vecino. Rompen el cristal que da acceso a la cocina, observan en el centro de la estancia a un varón sentado en una silla maniatado con la cabeza hacia atrás y parte  de la lengua fuera. Hay bastante sangre. Informan los patrulleros  que tiene un fuerte golpe en la frente y en el suelo hay una bolsa de Carrefour ensangrentada. El cuerpo está morado y frío, y no tiene pulso. «El médico de la ambulancia que se acaba de marchar hace un minuto ha informado de lo que sabíamos: el varón está muerto y, según su temperatura corporal, lleva bastante tiempo en ese estado».

  Justo cuando se había impulsado para separarse del morro del  coche y coincidiendo con la última calada del minicigarrillo, el  jefe de patrullas hace el último comentario:

— Un detalle más. Uno de los agentes de la patrulla de la  Ertzaintza que ha entrado en el chalet llevaba instalada en su  chaleco antibalas una cámara GoPro, por lo que tendréis imágenes  de cómo estaba todo antes de que actuaran ellos y el médico de la ambulancia.

  Coincidiendo con este apunte el jefe de patrullas tira la colilla al suelo, la pisa y, después de apagarla, la recoge, llevándosela en la mano para buscar una papelera donde tirarla. Al hacer ese movimiento y viéndose examinado por Ainhoa, el jefe de patrullas le lanza un guiño con su ojo izquierdo a la vez que se marcha de la zona.
 
  Ainhoa ya tiene el control de la zona y junto a ella está Andoni. Andoni era, hasta la llegada de Ainhoa, el responsable del Grupo de Delitos contra las Personas de Bizkaia, pero al quedarse como suboficial no podía seguir cubriendo ese puesto de oficial por mucho tiempo. Con Andoni se encuentra su compañero Alberto y otra patrulla formada por dos agentes de paisano. Estos cuatro funcionarios formaban el equipo de vigilancia sobre el sospechoso de los robos en comercios en lo que anteriormente estaban trabajando. Todos ellos han sido requeridos por Ainhoa para que den apoyo en el chalet del finado. Además de estas dos patrullas, se ha quedado a su disposición una patrulla de seguridad ciudadana de la comisaría de Bilbao. En ese momento acaba de llegar el retén de Inspecciones Oculares de la Policía científica de la Ertzaintza. Solo falta por llegar la comitiva judicial. Durante este tiempo, los miembros del grupo de la oficial Apraitz se encargan de recoger las filiaciones de los vecinos y de las personas que puedan facilitar algún tipo de dato, citándoles, de forma oficial, para el día siguiente en las dependencias del macrocentro policial ubicado en la localidad de Erandio, donde les tomarán declaración en calidad de testigos. Así mismo, los agentes intentan localizar  alguna cámara de vigilancia por los alrededores que les pueda dar alguna pista.

  Pasa por pocos minutos de las cuatro de la madrugada cuando en un taxi llegan la magistrada en funciones de guardia de Bilbao y el médico forense que efectúa también las labores de guardia. Ainhoa se dirige a su encuentro para presentarse. La jueza es una señora de unos sesenta años que dirige el Juzgado de Instrucción número cinco de Bilbao desde hace muchos años. Tiene fama de trabajadora, poco habladora y ser muy práctica en sus decisiones. Ainhoa no la conoce, pero Andoni la conoce perfectamente y ya la ha puesto en antecedentes.

  Una vez se han presentado y Ainhoa le ha puesto al corriente de todo lo ocurrido conocido hasta ese momento, se dirigen hacia el interior del chalet. Como sigue estando la puerta de la vivienda cerrada, toda la comitiva accede por la puerta del garaje, la cual ha sido más fácil de abrir desde el interior. Una vez dentro del garaje, suben por un tramo de escaleras de ocho peldaños que finaliza en una puerta, está abierta, y llegan hasta un pasillo que
distribuye a otras estancias de la casa. A la izquierda se avista un baño, en frente hay un salón-comedor de grandes dimensiones donde la televisión encendida proyecta vídeos musicales con el volumen muy alto. Siguiendo las agujas del reloj se sitúa la cocina, siendo la única dependencia que se encuentra iluminada. Más a la derecha hay un tramo de escaleras que sube a la planta superior de la vivienda. Una vez en la cocina, es en el centro de la misma donde se halla el varón muerto. Las luces del techo son unos focos halógenos que dan la sensación de que han sido redirigidos a propósito hacia el cadáver, generando sobre su cara de dolor una percepción de que la posición está escogida. Aprecian a simple vista que el cadáver tiene las manos atadas con unas bridas de plástico de color negro. Su cabeza intenta buscar el suelo a través de la espalda, la boca se encuentra entreabierta y parte de la punta de la lengua asoma por la comisura derecha de la boca. Tanto la tez de su cara como los labios y la lengua tienen un color azul morado. Tal y como informaron los patrulleros, presenta un fuerte golpe en la frente que ha provocado una herida por la que ha perdido gran cantidad de sangre, manchando las ropas de la parte superior del cuerpo. Justo detrás del finado, sobre el suelo blanco con proyecciones de sangre, está la bolsa de Carrefour; la bolsa está totalmente impregnada de sangre. Es difícil girarse y mirar hacia el resto de la cocina teniendo esa sensación de pérdida de vida tan cerca. Parece que al dar la espalda al cadáver te persiguiesen sus ojos, aunque los mismos estén perdidos hacia el techo. La cocina es de diseño moderno, los muebles son blancos, las encimeras de Silestone negro y los electrodomésticos son de acero inoxidable.
 
  Mirando hacia el acceso de la terraza, en el suelo relucen los  cristales fracturados por la patrulla, acción irremediable para poder acceder en un primer momento. Aún más a la derecha destaca una mesa blanca con las patas de color negro y tres sillas a su alrededor siendo iguales a la que se encuentra sentado el finado. La mesa, como el resto de la cocina, muestra orden y está despejada, a excepción de un objeto que recibe un cañón de luz directo de uno de los focos del techo. La oficial de la Ertzaintza  Ainhoa Apraitz se acerca al objeto, tiene el tamaño de un ladrillo de obra y, aunque sea la primera vez que lo ve, sabe sin ningún género de dudas que se trata de un paquete de cocaína. El paquete tiene el forro de un lado del envoltorio apartado como si fuera la portada de un libro y te dejara ver la primera página. En esa primera página, se observa sobre la sustancia blanca impreso un logo. Ese logo es una corona de cinco puntas que está situado sobre un as de pikas.

CAPÍTULO 2

Bilbao, 9 de abril del 2017
  
  Son las ocho de la mañana. El suboficial Javier Navarro se encuentra en la tercera planta de la comisaría de la Ertzaintza de  Bilbao. Javier es un jefe de grupo de esta comisaría, equipo que se dedica exclusivamente a la investigación de grupos criminales cuyo delito principal es el tráfico de drogas.
 
  Javier está en ese momento efectuando el briefing con el equipo, lo forman un total de nueve agentes además de él. La estancia donde se encuentran es una oficina diáfana con grandes ventanales, con una buena entrada de luz natural. Desde los ventanales se puede apreciar el maravilloso nuevo campo de fútbol de San Mamés, donde juega el Athletic de Bilbao. Presidiendo la sala, en la pared más cercana a la entrada, cuelgan varias fotografías enmarcadas que reflejan distintas operaciones llevadas adelante por el grupo durante más de dos décadas de su existencia. Figuran los éxitos, que son muchos, pero no están los fracasos, que son aún más y los llevan clavados en sus espaldas. En la sala hay colocadas una serie de mesas, forman islas en las que reposan los ordenadores utilizados para todo tipo de consultas y donde redactar los trabajos habituales de un policía de investigación. En el centro de la sala aparece un espacio totalmente despejado. Los agentes están sentados, forman un círculo que permite verse las caras entre ellos, observan las indicaciones y anotaciones que Javier garabatea en una pizarra blanca; en ella están escritos y definidos todos y cada uno de los objetivos que cumplir. Figuran las ubicaciones de las posiciones donde se tienen que colocar y trabajar cada una de las patrullas que forman el grupo de drogas en ese operativo finalista. Después de que Javier acaba con su monólogo, comienzan las preguntas y dudas.

  En esta investigación llamada Almodóvar, el grupo ha dedicado  más de cuatro meses de trabajo y se han invertido miles de horas de vigilancias, seguimientos e intervenciones telefónicas y hoy ha llegado por fin el día de rematarla. Una vez que Javier ha acabado con el briefing, todos los agentes del grupo comienzan el ritual de colocarse el equipo de trabajo. Se da la circunstancia de que hoy el día amenaza lluvia y la temperatura es buena, por lo que se puede trabajar con sobrecamisas y prendas de abrigo. Esto facilita la ocultación de los equipos de comunicación individual, walkies, cables, y sobre todo esconder la pistola. Una vez finalizada la  preparación del equipo personal, se pertrechan los vehículos camuflados que serán protagonistas en el operativo finalista. Los coches policiales son cargados con los chalecos antibalas, arietes y cajas de registro. Las parejas formadas por Barny junto a Berri y Fini con Tass van dotadas de una escopeta con munición de bala. 

  Los nombres que se utilizan por parte de los miembros del equipo son nombres de guerra, siempre se llaman entre ellos de esta manera. Esto evita que, cuando haya alguien ajeno, bien sea por la emisora o en el momento de una detención, registro o interrogatorio, reconozca la identidad real de los miembros del grupo antidroga. Incluso en presencia de jueces, letrados y jefes se mantiene esa consigna. El nombre de guerra de Javier es Homer.

Una vez está el material preparado por completo, la cita es en la cafetería de la comisaría situada en la cuarta planta. Se trata de una dependencia en la que hay instaladas una serie de máquinas de vending y una cantidad importante de mesas y sillas. Este recinto es utilizado sobre todo por los patrulleros de seguridad ciudadana para comer o cenar. La comisaría de Bilbao la forman unos seiscientos agentes de plantilla en los distintos turnos y tareas. El grupo que dirige Javier acerca dos mesas y las posicionan para poder sentarse todos juntos. Se intenta en esos momentos rebajar la tensión, se oyen bromas y se afinan los últimos detalles que siempre quedan pendientes.

  El grupo que dirige Javier es totalmente estanco al resto de la comisaría, efectúa al completo el trabajo, desde el inicio de la  investigación hasta el final. Todos sus integrantes saben que el  mayor enemigo de las largas investigaciones es otro policía. La  curiosidad en algunos casos, las malas intenciones remuneradas u otro tipo de patologías enfermizas hacen que los operativos de este calado se vayan por el váter por un pequeño comentario en la cafetería o fumando un cigarrillo en la puerta de la comisaría.  Javier informa exclusivamente a Iñaki Totorika, que es su jefe directo, y al juez que lleva la causa pertinente. La información  que Javier les facilita es la justa y necesaria para que tengan en  todo momento el conocimiento de la situación, pero no de los detalles de cómo se van a ejecutar las acciones.

  A través de las intervenciones telefónicas, así como de las rutinas realizadas sobre las personas investigadas, se tiene conocimiento de que, en el día de hoy, sobre las once de la mañana,  Isidro Vidal saldrá de su domicilio en la localidad de Portugalete con su furgoneta Peugeot blanca. Desde allí se dirigirá a la  localidad de Santurtzi, donde una persona desconocida le entregará siete «coches enteros», o sea, siete kilos de cocaína. Isidro Vidal es el «correo» principal de otros traficantes de drogas de máximo  nivel en una ciudad tan pequeña como Bilbao. 

  La pareja formada por Zipi y Zape tienen atribuido el honor de dirigirse al domicilio de Isidro Vidal en Portugalete. Aunque la furgoneta Peugeot tiene instalada un sistema de seguimiento electrónico puesto por ellos, siempre hay que estar preparados por si falla algo con la tecnología. Zipi y Zape van a informar de la salida y seguirán al objetivo en sus desplazamientos lo suficientemente lejos para que, haga lo que haga Isidro, nunca  detecte el seguimiento. 

  Las llamadas telefónicas de los investigados están intervenidas y desviadas al teléfono móvil de Homer. Si existiera la necesidad de conocer alguna ubicación de un teléfono que haya emitido una llamada, existe la posibilidad de conseguir su localización a través del jefe de sala del centro policial de Erandio, lugar donde se encuentra físicamente la maquinaria que ejecuta la intervención telefónica.

  El lugar elegido por los traficantes para efectuar la entrega de  la droga es la parte trasera de un pequeño hotel. Es una calle con  una gran inclinación y con una sola entrada. Está claro que la persona que pensó en ese lugar lo hizo a conciencia. Si el delincuente se coloca en la parte más elevada de la calle, tiene visión al completo de los vehículos que salen y entran, pudiendo controlar visualmente todos los movimientos que se producen. Pero puede que esa persona que seleccionara el lugar no fuese consciente de la desventaja para el traficante y es que, si alguien llega antes que él, también lo controla en su totalidad.

  Homer está acompañado por Bortxa. Bortxa conduce una pequeña furgoneta de carga con cristales tintados y llevan, desde las diez de la mañana, colocados en lo más alto de la calle. Con el morro mirando hacia abajo, desde la parte de atrás del vehículo, tienen visión panorámica de todo lo que ocurre, por lo que en el supuesto de que el malo se mosquee y se acerque a mirar la furgoneta, lo único que va a ver es una furgoneta vacía. Setter y Txato van a estar a pie en la zona del hotel por si se diera el caso de que los traficantes deciden tomar un café en el establecimiento hotelero y hacen el intercambio en ese lugar. Además, desde el hotel hay una salida muy rápida por si fuera necesario llegar a la calle trasera. Las patrullas formadas por Barny y Berri junto con Fini y Tass estarán estacionadas en la mitad de la cuesta dispuestas a intervenir con su artillería pesada. Zipi y Zape, una vez acompañen hasta el lugar a Isidro, se quedarán en una rotonda que hay en las cercanías para que, llegado el momento, usen su vehículo como obstáculo y corten la calle para que no pueda entrar ni salir nadie.
 
  Sobre las 10:30, Zipi y Zape informan de que han visto salir a  Isidro de su portal e inicia la marcha con su furgoneta Peugeot. Son las 10:45 cuando Homer escucha por la emisora que Isidro está entrando en la zona del intercambio. Homer y Bortxa tienen visual del objetivo en el mismo momento que enfila la calle. Isidro ha estacionado su furgoneta en un espacio que ha sido dejado adrede por parte de Setter y Txato, consiguiendo los agentes tener la mejor visión posible. Probablemente Isidro se siente afortunado de haber conseguido un sitio para aparcar tan rápido y, aunque no es el mejor lugar, está casi en la parte más elevada de la calle permitiéndole el control de acceso de coches. A Isidro, dentro de su vehículo, se le divisa con el teléfono a la altura de la oreja. Entra al mismo tiempo una llamada en el desvío del teléfono de Homer. Isidro informa a un varón que ya está en el lugar; el varón le contesta que llegará en cinco minutos. Bortxa trasmite esta información a través de la emisora al resto del grupo. El grupo se da ánimos y arengas por la emisora, se percibe que la adrenalina brota por todos y cada uno de los poros de sus cuerpos. Hacen las últimas comprobaciones de los equipos, pruebas de sonido de la emisora, armas preparadas, verduguillos en la parte superior de la  cabeza y varias expulsiones de aire de los pulmones.

  Isidro permanece tranquilo en el interior de su furgoneta, se le  ve manejando su teléfono. Homer informa de que un Ford Focus de color oscuro acaba de acceder a la calle que vigilan. Al pasar el vehículo a la altura de Barny y Berri, son estos agentes los que  informan por emisora de que en el coche va un solo conductor y que el conductor es un varón joven. El varón circula mirando hacia todos los lados, estaciona justo frente a la furgoneta de Isidro, en la otra acera, pero no sin antes efectuar una maniobra para tener enfocado el coche hacia la salida. Se le ve a Isidro hacer una señal con el pulgar en alto, el varón del Focus parece que asiente con la cabeza. Isidro baja de su furgoneta, camina a la parte trasera, abre una de las dos puertas del vehículo y coge una cazadora vaquera y una caña de pescar grande, de las de mar. Cruza la calle y se dirige hacia el Ford Focus. En ese momento, el varón desconocido se baja de su coche y va hacia el maletero, lo levanta y allí es alcanzado por Isidro. Desde la posición de Homer y Bortxa no se puede ver qué están manipulando en esa parte del vehículo.  pasados unos tres o cuatro minutos se observa como Isidro abandona el maletero del Ford Focus, llevando debajo de su brazo derecho la cazadora vaquera y la caña de pescar en su mano izquierda. Homer ordena intervenir y, como aparecidos de la nada, encapuchados y a grito de «¡policía!» aparecen Barny y Tass. Isidro se ve encañonado con las escopetas de los agentes. El varón desconocido reacciona rápido e inicia la huida con su Focus calle abajo. Solo puede circular unos pocos metros, Zipi y Zape ya habían cortado la calle y tienen al desconocido fuera del vehículo reducido en el suelo.

  Homer y Bortxa salen corriendo de la furgoneta para dirigirse
 al lugar donde han detenido a Isidro. Setter y Txato ya habían llegado al lugar. Es Fini el que inspecciona la cazadora vaquera  en el suelo, está abotonada. Ante la mirada de todos los agentes  presentes suelta los botones y encuentra el premio, siete paquetes 
de un kilo de cocaína cada uno. Levanta el puño de su mano izquierda para que todos le vean y suelta los nervios pegando un  grito. Isidro está de pie, frente a una pared; su rostro está muy  pálido, unos mocos verdes salen de ambos agujeros de sus fosas nasales como si se le estuviera vaciando el fluido cerebral. Tass  intenta poner a Isidro de rodillas, pero Isidro está totalmente  rígido, no reacciona a ninguna orden y no comprende lo que le está pasando. Llega Bortxa, empuja con su rodilla la parte trasera de las rodillas de Isidro y es cuando cae al suelo como si fuera una  pared de escayola que se acaba de quebrar. Salta la euforia entre los agentes que forman el grupo de drogas y se abrazan entre ellos,  la parte más importante del trabajo está hecha. 

  El suboficial Javier Navarro se pone en contacto con el jefe de Operaciones de la comisaría de la localidad de Muskiz, debido a que es la competente en la demarcación de Santurtzi. Se identifica, le comunica la situación y le requiere la presencia de dos patrullas uniformadas. El jefe de operaciones le informa a Javier que ya estaba preocupado, había recibido varias llamadas de vecinos de la zona informando de la presencia de gente encapuchada y armada que podría estar realizando un posible secuestro u otro acto criminal.
  
  Una vez llegan las patrullas a la zona, se llevan a Isidro y al  desconocido del Focus a sus dependencias policiales, dando comienzo  a la fase dos del operativo, la que se refiere a la búsqueda, detención y registros de dos grandes traficantes y de un colombiano  que les efectúa labores de intermediación con los suministradores  de Madrid. 

  Setter, junto con Txato y la pareja formada por Zipi y Zape, se  va a encargar de la detención de Víctor Campos. Víctor es el culpable de que la investigación lleve el nombre de Almodóvar y es  que Víctor tiene un gran parecido al famoso director de cine manchego. Víctor Campos vive en la localidad vizcaína de Basauri,  es un traficante muy especial con una característica única. Una vez recibe la cocaína de las manos de Isidro, trocea los paquetes con distintos pesos y automáticamente los entierra en zulos bien acondicionados por distintos puntos del monte. Utiliza para ello la subida al repetidor de Ganguren a través del puerto de El Vivero desde Galdakao. Víctor dedica el primer día a esconder el material cuando es recibido y, una vez lo tiene ya escondido, hace sus reuniones con sus contactos en un bar muy cercano a su domicilio. Si el comprador abona el pago pertinente por la sustancia pactada, Víctor en una pequeña servilleta de papel del propio bar le dibuja un pequeño croquis o mapa de cómo llegar a un punto determinado del monte y cómo localizar el correspondiente zulo donde se encuentra el material escondido. 

  Durante el tiempo en el que se lleva investigando a Víctor, hay infinidad de llamadas a sus teléfonos intervenidos de distintos clientes pidiendo más explicaciones, puesto que a través del croquis no han sido capaces de localizar el depósito que Víctor les había indicado. Víctor los ha diseñado por tamaños, en cantidades  que van desde los cincuenta gramos al medio kilo de sustancia estupefaciente, utilizando tupperwares para que el material pueda aguantar las inclemencias del tiempo. Estos zulos cambian de  ubicación cada vez que son utilizados. Solo se usan una vez para que clientes anteriores no le puedan robar el material. En las vigilancias y seguimientos que se han efectuado a Víctor, una de las mayores dificultades ha sido el conocer su modus operandi siguiéndole por los distintos caminos de ese monte, él se los conoce al milímetro. Se dio la circunstancia de que, uno de esos días complicados de seguimiento, uno de los vehículos policiales tuvo un percance y se salió parcialmente de la carretera, teniendo que ser empujado para incorporarlo de nuevo a la vía. Una de las personas que empujó el vehículo policial a la carretera fue el propio Víctor Campos.

  No han dado las doce de la mañana cuando Setter informa por la emisora que ya han detenido a Víctor en el interior del bar donde de forma rutinaria suele estar. Una vez detenido Víctor se procede al registro de su vivienda donde no se localiza ninguna cantidad de droga, pero sí algo más de veinte mil euros, una pistola y diversa documentación. Por otra parte, se localizan un total de seis agujeros en el monte, donde se incauta un total de setecientos cincuenta gramos de cocaína.
 
  Barny y Berri, junto a una patrulla uniformada, se han desplazado  a un hotel céntrico en las inmediaciones del museo Guggenheim de  Bilbao. Allí está hospedado el ciudadano de origen colombiano Jaime Jesús Carmona, al cual le detienen justo en el momento en el que abandonaba el hotel. Ya se tenía conocimiento de que a las 14:00 de ese día tenía un vuelo desde Bilbao con destino a Madrid.

  Homer, junto con Bortxa y la pareja formada por Fini y Tass, es el encargado de la detención y posterior registro del domicilio del socio traficante de Víctor Campos. Se trata de Juan Luis Aguirre, policialmente muy famoso y conocido por sus varias visitas como huésped en distintas instalaciones tanto policiales como carcelarias. Juan Luis es detenido en su domicilio a las doce de la mañana cuando todavía estaba en su cama acompañado por una amiga. Estaba esperando a que llegara a su domicilio Isidro y le tocara la puerta, pero la puerta, más que tocada, ha sido derribada por Tass y su habilidad con los arietes. Juan Luis era el encargado de efectuar las peticiones y esperaba a Isidro para que le llevara su parte correspondiente a Víctor, pero Isidro nunca llegó. Juan Luis mantiene una actitud con respecto a la Policía que es muy llamativa, no es sumiso ni pelota, no discute, no se hace la víctima, entiende rápidamente que ha perdido este partido y ya  está pensando en el siguiente. Javier le ha detenido otras dos veces anteriormente y conoce la casa de Juan Luis casi tan bien como el propietario. Junto con los ertzainas actuantes también ha llegado el juez y el letrado de la administración de justicia responsables de la causa. La presencia del letrado es obligatoria para levantar el acta de entrada y registro, pero no suele ser habitual que el magistrado participe, seguramente es como consecuencia de la juventud del juez y que es una de sus primeras causas con intervenciones telefónicas y dispositivos electrónicos de seguimiento. Al joven juez se le ve pletórico, la operación ha sido un éxito. Se le contempla dentro del domicilio manteniendo conversaciones con Juan Luis, intentando sacarle información. Demuestra su inexperiencia, y Juan Luis se da cuenta rápido e intenta mejorar su situación con respecto al juez. Comienza el registro. Es el propio Juan Luis el que indica a los agentes donde tiene escondida la droga. Siguiendo sus indicaciones, descubren guardado en el congelador que hay en la cocina un paquete que contiene dos kilogramos de sulfato de anfetamina (speed). Indica un par de lugares más donde guarda pequeñas cantidades de cocaína,  alguna báscula y anotaciones.

  Una vez que parece que Juan Luis ya ha indicado dónde se encuentran todas las sustancias estupefacientes, Javier le pregunta  por el contenido de la caja de seguridad que tiene en su habitación. Juan Luis la abre, y Javier saca todo su contenido y lo coloca encima de la cama. Se localizan, además de una pequeña cantidad de dinero, algún documento y una serie de aparatos eróticos: dos consoladores, unas bolas chinas, algún lubricante y una especie de bola del tamaño de una bola de billar. Esta bola le falta un trozo de envoltorio y por ese lugar se ve que en su interior hay una sustancia de color blanco.

  Fini, con los guantes de látex colocados, se dispone a efectuar  una prueba con los reactivos narcotest para que, de esta forma, se haga constar en el acta de registro los resultados. Coge la bola  y con el propio tubo donde está el reactivo raspa una pequeña cantidad de sustancia, una vez recogida la muestra vuelve a dejar  la bola encima de la cama para fotografiarla y referenciarla. En  ese momento el magistrado, haciendo uso de sus conocimientos televisivos, toca con el dedo la parte despejada de la bola y se  lo frota en los dientes y dice: «Es cocaína». Todo el mundo le mira, pero nadie dice nada, siguiendo cada uno de los agentes con sus tareas en el registro. Cuando Javier se queda un poco rezagado con el magistrado, aprovecha para sugerirle que no debe hacer eso. Podría tratarse de cualquier sustancia, incluso veneno. El juez palidece y asiente. Se localizan escondidos en una pieza de rodapié desmontable ochenta mil euros. La presencia de ese dinero casualmente se le olvidó a Juan Luis comentarla a los agentes.

  Todos los detenidos son llevados a la comisaría de Bilbao. Javier baja a hablar con Juan Luis a los calabozos y le pregunta por una sonrisa que le ha observado justo en el momento en el que el juez hacía la cata de droga. Después de unos segundos de silencio y de marcar una amplia sonrisa en su rostro, Juan Luis le contesta a Javier y le dice: 

— Esa bola de billar la utilizo yo para cuando mi palo no funciona. 

  Cuando ya están todas las evidencias organizadas, fotografiadas y referenciadas, Javier y Fini se colocan mascarillas y guantes y, en una mesa apartada, inician el proceso de quitar a los siete paquetes de kilo los distintos envoltorios que los protegen. Esta  sustancia tiene un valor en la calle de un cuarto de millón de euros, aunque, una vez esté en la calle y se haya adulterado y distribuido entre otros traficantes de menos nivel, su precio se  acabará multiplicando por diez.

  Teniendo totalmente los envoltorios y forros quitados, se  procede a su pesaje, colocación de referencias y fotografiado. Los siete paquetes tienen un peso neto un poco superior al kilogramo y todos tienen el mismo sello grabado. Es una corona de cinco puntas que está sobre un as de pikas.